sábado, agosto 27, 2011

Nostalgia

Extraño mis días de Kinshasa, con mis amigos blogueros que nunca conocí en persona pero me leían y los leía y así me sentía feliz y acompañada entre cocodrilos en cautiverio (u ollas), baobabs y soledades. Nostalgia, qué rica y exquisita desde la perspectiva de hoy, qué inocencia entonces, cuando sin tratar quería y sin querer trataba y todo se recapitulaba en Kinshasa.

jueves, diciembre 11, 2008

De camino a ningún lado

Estoy en Bélgica. Estuve en Guate por casi dos meses haciendo mil cosas y reencontrandome con raíces que al fin y al cabo no estaban para nada perdidas. Fue muy fácil volver. Fue triste despedirme del Congo pero al mismo tiempo era algo que sabía que iba a pasar y, para ser honesta, tenía más miedo de volver a Guate que de salir del Congo. En fin. Llegué y estuve, y ahora estoy en Bélgica por primera vez de camino a ningún lado.

Por casi cuatro años pasé por Bélgica de camino a Guate, de camino al Congo, de camino a algún lugar, pero nunca vine a Bélgica por Bélgica. Es decir, estaba aquí hasta un mes o más, pero siempre iba para alguna parte. Sólo este año pasé por acá cuatro veces:
- en enero, de camino al Congo
- en febrero, de ida a Memphis
- en marzo, de camino al Congo
- en septiembre, de ida a Sevilla y de paso para Guate

Siempre fue alegre, estar de paso fue siempre una pausa bienvenida y bien aprovechada. Ahora estoy por estar aquí y cada cierto tiempo me descubro aguantando la respiración, como si la salida de Congo no hubiera sido cierta y en enero el viaje al aeropuerto fuera a ser de nuevo al mostrador con el rótulo anunciando "Kinshasa."
Hoy pasé por Zaventem, de hecho. Iba de camino a la universidad y por eso tomé el tren que pasa por el aeropuerto (Zaventem). Fui de las pocas personas que no se bajaron para tomar un avión y sentí, por un momento, una urgencia de bajarme, de agarrar mis cosas y de ir a encontrarme en la fila para el Congo. Sentí, como en aquella otra ocasión de regreso de Guate, que de buscarme en la fila para un vuelo, seguro me encontraría caminando hacia la puerta tal, por donde había pasado hacía unas cuantas semanas.

Me quedé sentadita, sin embargo, en mi asiento del tren hacia Leuven. Después de unos minutos el tren empezó a moverse y al poco rato, todavía estando oscuro, llegué a mi destino final del día: la KUL y una clase que dar a las nueve de la mañana.

No está del todo mal, pensé, esperar en el tren hasta la parada siguiente. Entre Zaventem y Leuven hay sólo unas cuantas decenas de kilomentros y sin embargo, esperar en el tren entre las dos se sintió eterno, como si existieran no dos estaciones, sino más de dos vidas de por medio. Así es como me encuentro ahora: en Bélgica, sin aviones qué tomar más que el del regreso a Guate. De visita y no de paso para aprovechar a comprar las 101 cosas que no se encuentran en Kin o que en Kin son ridículamente caras.

A ver, a ver, es justo ahora que escribro sobre Kinshasa en el tiempo presente que me doy cuenta que no va a ser tan fácil decir que en Kinshasa las cosas "eran..." Hmm. Pausa. "Hmm" otra vez. En enero no habrá Kinshasa, ni helado de consolación, no estará AB, ni los amigos, sino Guate -y qué bueno-, pero igual, habrá un sentimiento nuevo que será el de haber venido a Bélgica, de camino a ningún lado.

Mi nuevo estatus de visitante hasta ahora va muy bien pero veremos en enero cuando sea el momento de despedirme en serio del mostrador para Kinshasa. A ver qué pasa.

jueves, julio 17, 2008

Buen punto, Enmascarado

Da miedo, ¿verdad?

Parte del comentario del Enmascarado a la entrada anterior incluyó una pregunta que merece una entrada aparte. No sé por qué, pero me reí mucho cuando leí la pregunta, me sentí de vuelta en Guate:

¿Y vos decime si no te asustaste al saber que había un cocodrilo suelto?

Excelente pregunta. Ni se nos pasó por la mente que las niñas imaginaran que el cocodrilo, o los cocodrilos que ellas imaginaban, andarían sueltos. No se nos ocurrió explicarles que el mandril y el cocodrilo estaban enjaulados...Lo que es la imaginación de los niños, ¿no? El miedo de A. me parece normal, lo que ahora me despierta la duda es la confianza de R. Si R. también creía que andaban cocodrilos sueltos, ¿por qué andaba tan tranquila y campante? Mientras A. andaba como mico de brazo en brazo de cualquiera que la quisiera cargar, R. iba feliz, dando saltitos como si nada... ¿qué le pasa a esa niña? ¿lista para huir del chucho pero tranquila ante la idea de los hipotéticos cocodrilos sueltos?

Uno de nuestros amigos nos compartió sus fotos de ese día. Philippe capturó perfectamente el miedo de A. Qué mala soy, pero me sigo ríendo de la ocurrencia de los cocodrilos sueltos. Me río más de pensar que A. se sentía tranquila en los brazos de un adulto, como si los cocodrilos sólo comieran niños. Qué tierna ("tierna" también las ocho veces que tuvimos que advertirle que no metiera la mano en la jaula del cocodrilo veinte minutos más tarde).

Para responderle al Enmascarado:
Ni me hubiera bajado del carro, ¿qué creés? no estoy loca.

Crédito fotográfico: P. Mayaux 2008


lunes, julio 07, 2008

Mandriles y cocodrilos

Este sábado que pasó cambiamos la rutina de fin de semana. Desde hacía semanas estaba cocinando la idea de invitar a R y A a pasar el fin de semana con nosotros. R y A son las hijas de amigos nuestros. R va a cumplir 9 años y A, 6.

Cuando llegamos por ellas nos estaban esperando en la calle con las mochilas puestas (unas mini-mochilas de princesas), todas nítidas. Todo el barrio de Salongo estaba enterado, aparentemente, porque había casi valla humana cuando las niñas se subieron al carro.

Pasamos a comer al restaurante libanés Al-Dar.
R preguntó si podía pedir "steak". Ya la vez anterior había preguntado si podía pedir "steak," pero como era a la hora de la refacción, le dije que mejor comiera chawarma. Después nos dijo que ella había probado "steak" para año nuevo, donde "Papa AB y maman Lucy" y que le había encantado. El mesero, que andaba por ahí, se río al oir toda la explicación del steak de año nuevo. El tal steak resultó ser del tamaño del plato. Como buena mamá sargento, hice que las niñas compartieran todos los platos, así que dividimos el steak en 2, repartí las papas fritas e intenté servirles porciones iguales de verduras. A dijo desde el principio que verduras no, pero le dije que tenía que probar. A casi ni comió. R, por el contrario, se acabó el steak y las verduras. Dijo que las verduras eran deliciosas. A se comió unas cuantas zanahorias bañadas en mayonesa pero no tocó los ejotes. Se comió 3 pedazos de carne y después se dedicó a mordisquear el pan y las papas fritas. Como las dos comen bien despacio, después de casi una hora de steak le dije a R que empacara lo que quedaba del steak en un pan árabe y que se lo terminara de camino al show al que las íbamos a llevar.

El show, que era un popurrí de canciones "cabaret" organizado por el coro que vimos el año pasado, les interesó un rato, sobre todo cuando cantaron canciones africanas. Sin embargo la tal "chanson française" hasta a Didier y a mí nos aburrió (como 20 minutos de baladas a-bu-rri-dí-si-mas mientras que la gente bailaba vals...)

La mamá de las niñas me había advertido que a veces se orinan en la cama, así que no les dimos de tomar nada después de las 5 pm y fueron al baño como 8 veces entre las 5 y las 9 de la noche (cuando regresamos a la casa). Funcionó.

El domingo fuimos a Kisantu con unos amigos y conocidos. Iban Philippe (un colega de Didier), un don de la comisión europea (que entrevisté para mi tesis en el carro), otro de la embajada de Bélgica (que resultó que había estado en Guate hace un mes), otro cuate de medio ambiente (que entrevisté para mi tesis hace un mes y pico), Francesca y Filippo (los amigos italianos que viven en Kin).

En el jardín las niñas como si fuera la primera vez que veían árboles. Les habíamos contado que también había un cocodrilo y un mandril. Después de media hora que A sólo quería estar cargada (pesa 40lbs), entendimos que creía que el cocodrilo andaba suelto. Más tarde R nos dijo que ellas habían pensado que habían muchos cocodrilos Y mandriles sueltos...R se portó super, tomando fotos de la gente, re chistosa. Didier le dijo que parara porque a cada rato "Papá Filippo, Papá Didier, Papá fulano, quedate quieto que te voy a tomar una foto." (en Congo los niños usan el término "papá" como nosotros decimos "don"). A todos les preguntaron su nombre y si eran amigos de su papá. Didier la dejó seguir tomando fotos con la condición que no tomara más fotos de las personas. R entendió bien y el resto del día sólo tomó fotos de árboles, siguiendo el ejemplo de Philippe. Fue super chistoso ver a la flaquita imitando exactamente las poses de Philippe para tomar las fotos (la foto de la derecha la tomó ella).

El problema de A cargada lo resolvió Francesca cuando las puso a recoger semillas. Les explicó que los granos que veían en el suelo después se convertían en "bebé plantas." Después de asegurarse que había una "mamá árbol"A ya no se levantó del suelo, porque no quería dejar ni una semilla en el piso. Les tuve que recordar que si no dejaban semillas ya no iban a haber "bebé plantas" y entonces comenzaron a tirar de regreso las semillas como locas.

Más tarde, en el vivero, trataron de tocar al chucho "JBK" y el "JBK" les saltó ladrando. R me "escaló" en 2 segundos. A pesar del susto, ni pío dijeron las dos porque Francesca ya les había advertido de no tocar al chucho.

A. conmigo antes de convencerse que no andaba suelto el cocodrilo.

A fue la bebé de la familia durante casi 5 años, así que todavía a veces intenta aprovecharse de su estatus perdido. Quería todo, cambiaba de opinión, se echó un par de berrinchitos...Pobre, como ni caso le hicimos (Didier es peor que yo...) se portó en general bien (pero sí intentó varias veces...)

Por ejemplo, a la hora del almuerzo A dijo que ya no quería el pollo que habían ordenado con R, sino mejor pincho de carne. Le dije que había pedido pollo y que pollo, punto. Filippo amablemente le ofreció su plato, pero le dije que no gracias porque siempre hacía lo mismo y no se comía nada (después pidió mfumbwa, pescado, papas fritas...). Desde la mesa de los niños vi a A controlar para ver si yo la estaba mirando. Nuestras miradas se cruzaron varias veces durante el almuerzo así que mejor desistió de estar pidiendo esto y lo otro.

Lo que sí lograron fue acabarse cada una un agua gaseosa y una botella de agua entera. Se atoraron de plátanos fritos y de regreso a Kinshasa guaquearon TODO. En volumen parecía más de lo que se habían comieron, palabra. Las pobres iban tan mareadas que ni tiempo de parar tuvimos.

Primero vomitó R, que tuvo la sensatez de contener el vómito en su regazo, así que no fue mucho el desastre. Paramos, la limpié lo mejor que pude, se quitó la ropa, se puso el sudadero del día anterior y seguimos. Media hora después, A guaqueó todo el piso del carro. Seguimos el mismo procedimiento. Les di bolsas plásticas por si les daban ganas otra vez. Se miraban bien chistosas con sus bolsitas listas y A vigilándome con su mirada de cocodrilo para ver si yo me estaba fijando qué bien llevaba su bolsa.

Menos mal que se las dí porque al rato R vomitó otra vez. Debo mandar una carta de agradecimiento a Ziploc para decirles que las bolsas de un litro realmente son tan resistentes como dicen. A no se quería quedar atrás y trató de vomitar otra vez pero no pudo. El resto del camino se fue haciendo ruidos de basca y escupiendo en su bolsa.

El regreso a Salongo no ocurrió en la gloria que las niñas seguro tenían planeada. En lugar de regresar con la ropa del día, regresaron todas shucas, cada una con cara de muerte, cargando su bolsita de vómito. Menos mal que se les pasó rápido y se acordaron que llevaban galletas y Nutella para su hermanito (el bebé que destronó a A). Se entraron a bañar y después se fueron a una fiesta. Podrán imaginarse la versión que contaron del fin de semana...

Editado para agregar: El internet acá sigue con sus jugarretas así que no puedo entrar a los comentarios, por eso:

jcab, me alegro que te haya gustado la historia, a mí también me enternecen esas niñas. Estoy esperando que el tío (que es re buen amigo mío) regrese de campo para que les pregunte su versión. Ya les contaré

Filis, Ziploc hasta el fin! qué salvada (o medio salvada, porque igual el carro apestó por una semana). Para responder a tu otro comentario: sí pasé por NYC pero al fin fueron menos de 48 horas y cabal en domingo de Pascua...voy a pasar de nuevo, y más tiempo, a finales de septiembre, de camino a Guate. Fijo te aviso.

Nicté, bienvenida a Kin, espero que las otras historias te gustén también.



lunes, junio 09, 2008

La otra ribera del Ubangi


Ubangi. Ubangui. Oubangi. Oubangui. Cuatro nombres para un río que quería ver al menos una vez más antes de irme del Congo.

La primera vez que vi el Ubangi fue en un mapa que me mandaron cuando estaba negociando mi contrato para venir al Congo, en 2005. No me fijé en la escala. Para mí, el Congo, el Ubangi, el Ngiri y los otros ríos que más tarde recorrí eran ríos, como el Usumacinta y el Motagua son ríos. Partiendo de mis referencias conocidas, acepté recorrer estos ríos del Congo, que resultaron ser inmensos, inmensos, inmensos. Mi paisito Guatemala y sus accidentes geográficos no resultaron buena referencia para un país que es 19 veces más grande. La cuenca del Congo es, además, la segunda más grande de los trópicos, después del Amazonas.

Muchas veces he pensado que de haber entendido la escala del mapa no hubiera aceptado esa misión cuasi-imposible de recorrer más de 2000 km en una piragua que nunca avanzó a más de 12 km por hora...Menos mal que no me fijé.

El Ubangi fue el segundo río que navegué. Ya habíamos pasado más de 10 días en el río Congo y la experiencia había sido un poquito difícil. Había militares en casi todos los pueblos, las condiciones de alojamiento eran elementales y no siempre muy higiénicas, y lo peor de todo, se nos acabó el café antes de terminar el primer viaje.

Llegamos al Ubangi de noche, después de haber cargado de nuevo la piragua en Mbandaka con agua pura, café y otras provisiones y pasado reportándonos a las bases de Maita y el canal. Los dos conductores habían calculado que llegaríamos al Ubangi antes del anochecer, pero se equivocaron. Cuando al fin salimos del canal y entramos al Ubangi ya estaba oscuro. Navegar de noche está prohibido. Entendí por qué a los pocos minutos, cuando encayamos en el primero de cientos de bancos de arena que encontramos durante el viaje (también topamos con un cadáver, pero eso me lo dijeron hasta el día siguiente).

Al nomás liberar la piragua empezamos a buscar algún poblado dónde pasar la noche y así fue cómo llegamos al pequeño campamento de pescadores de Sota, en donde nos alojaron en una de sus chozas temporales. Afortunadamente no llovió esa noche, porque el techo no se veía muy sólido.

Al día siguiente salimos de madrugada. Como todas las mañanas, Judith puso a hervir agua en el brasero portátil y una hora más tarde tomamos el café. Vi ese primer amanecer tomando mi ración diaria de Nescafé en un pocillo azul de plástico, sentada en una piragua con 6 congoleños que llevaba menos de un mes de conocer, con un mapa engañadizo y unos 20 kg de guías de entrevistas a realizar. Me encantó el río de día, pero lo que confirmó para siempre mi amor por el Ubangi fue ese primer atardecer. El cielo como un domo inmenso, anaranjado, rosado, lila, celeste, y cientos de aves migratorias atravesándolo en formaciones caprichosas. El bosque en ambas riveras casi ininterrumpido. El río, casi desierto de navegantes. Me atrapó.

Nos costó muy poco establecer una rutina: un día de viaje, llegar por la tarde a un pueblo, presentarnos a las autoridades locales, explicar nuestra misión, recibir su aprobación, pasar la noche, realizar las entrevistas, pasar la noche, salir de madrugada, un día de viaje, y así. Me enteré que Bobangi era el último punto conocido por alguno de mis compañeros, nadie había viajado más al norte.

La poca gente que encontramos nos contó su historia de crisis económica y guerra, los pueblos que encontramos abandonados nos contaron lo demás. Después de una semana en el Ubangi, remontamos el Ngiri (uno de sus afluentes), descendimos de nuevo, trabajamos en el último pueblo que nos quedaba por visitar y así completamos la misión. El viaje de regreso pareció más rápido y de repente estábamos de vuelta en el río Congo, en Mbandaka, unos de vuelta a su casa y los otros listos para regresar a Kinshasa.

Tres años después de ese primer viaje pude ver al Ubangi de nuevo. Esta vez desde la otra ribera y desde otro país. Es curioso, aunque siempre supe que volvería al Ubangi, nunca me imaginé que tendría que atravesar dos fronteras para hacerlo. Aún menos imaginé que Bangui, la ciudad desde donde lo vi, me atraparía igual que me atrapó su río.

Edición: No logro entrar a la página de comentarios de ningún blog de blogger, así que no he podido agradecerles por pasar leyendo el mío ni he podido comentar en sus blogs. ¡Gracias Boricua, Filis, Jorge y Martín por pasar! A ver si mañana el internet me trata mejor...

martes, abril 15, 2008

¡Gracias Boricua! Particularmente te doy las gracias porque tú, como mis otros amigos blogueros, han sobrevivido mis silencios recientes. Voy a guardar el premio y compartirlo pronto.

Para los que aún no han pasado por el blog "Como y cuando me salga...", se los recomiendo. Únicamente una advertencia...no lo lean cuando tengan hambre y no puedan salir en ese momento a comprar alguno de los platos coreanos, japoneses y de otros lados que hacen agua la boca.

jueves, abril 10, 2008

Desde Kisantu

El martes pasado fui a visitar a la Marce a Kisantu. Ella está allá desde hace dos semanas de voluntaria en el hospital St. Luc, que maneja la diócesis y la orden de hermanas Virgo Fidelis (o Zusters van Virgo Fidelis, en flamenco). La Marce está viviendo con las hermanas en su casa, que queda a la par del hospital.

Llegué al hospital a media mañana. La Marce me había dicho que la buscara en pediatría, así que para allá me dirigí. Uno de los laboratoristas me indicó por dónde entrar, y así encontré a un médico congoleño, que me llevó con una de las hermanas, que en ese momento estaba curándole una herida bastante feíta a una niña. No tengo el estómago de mi hermana cuando de sangre se trata, pero me tuve que aguantar porque la hermana me dijo "si no te molesta esperar un momento, voy a terminar aquí y te llevo con Marcela." Estaba tan contenta de contarme sobre las aventuras de la Marce, que me senté en un banquito bien lejos de la camilla y traté de no ver la canilla abierta de la pobre niña. La hermana le dijo a la niña y a su mamá que yo era la hermana de Marcela, y ellas se pusieron felices y me contaron que la niña era una de las "alumnas" de la Marce en la escuelita que las hermanas pusieron en el hospital para los niños que están internados mucho tiempo. La niña en cuestión es de esas pacientes porque hace un tiempo la atropelló UN TREN (sí, un tren) y de milagro se salvó, pero la pierna izquierda le quedó muy lastimada.

Mientras tanto, otra de las hermanas ya se había asomado a saludar y entre las dos me contagiaron el entusiasmo por "ir a ver lo que la Marce había hecho con los niños". Las hermanas querían que yo llegara de sorpresa, pero la Marce nos ganó y se asomó primero.

Francesca ya me había contado que las hermanas habían uniformado a la Marce y así la encontré. Fuimos juntas a la escuela y de camino saludamos a varios de sus amigos del pabellón de pediatría. Conocí también a los médicos y a los internos que trabajan allí, a los que le enseñan lingala, y los que la llevan a ver curaciones y le explican los procedimientos médicos. Finalmente, me llevó a saludar al sacerdote encargado del hospital, y a la jefa de enfermeras.

Pasamos un buen rato con los niños de la escuela y su maestra y aproveché para tomar unas fotos y unos vídeos para permitirles imaginar mejor el contexto. Estando allá, recordé mucho mis semanas en Jacaltenango con las hermanas de Maryknoll. Ellas también administraban un hospital y nosotras hacíamos actividades con los niños. Me alegré de ver a mi hermana, 15 años después que yo, en su propio Jacaltenango, sólo que en el Congo.